Del cuaderno de lugares comunes al fichero de Luhmann

Erasmo, Locke y un sociólogo alemán con 90 000 fichas: cinco siglos de cuadernos para no perder lo que se lee, y qué podemos copiarles.

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En este artículo
  1. Un cuaderno con títulos
  2. El índice de Locke
  3. Noventa mil fichas
  4. Por qué funcionaba (y qué no hacía)
  5. Tu propio cuaderno de lugares comunes, en veinte fichas

Hoy la expresión «lugar común» suena a tópico, a frase gastada. Durante siglos significó casi lo contrario: un lugar donde guardar lo mejor que uno había leído, para encontrarlo cuando hiciera falta. Los estudiantes del Renacimiento llevaban un cuaderno así, y la historia de esa costumbre llega, por un camino curioso, hasta las aplicaciones de notas que usamos ahora.

Un cuaderno con títulos

La idea viene de la retórica clásica: los loci communes eran los temas a los que un orador podía recurrir (la amistad, la ambición, la muerte) con sus argumentos y citas. En el siglo XVI se convirtió en un método de estudio.

Erasmo de Róterdam lo explica en De copia (1512), uno de los manuales escolares más leídos de su época: prepara un cuaderno, divídelo en apartados con títulos, por ejemplo «piedad» e «impiedad», y subdivídelos. Cada vez que leas algo bien dicho, cópialo bajo el título que le corresponda. El propio Erasmo viajaba con un baúl de notas de las que salieron sus famosos Adagios.

Generaciones de alumnos lo hicieron así. En el siglo XVII llevar un cuaderno de lugares comunes se enseñaba formalmente en universidades como Oxford.

El índice de Locke

El problema aparece enseguida: cuando el cuaderno tiene doscientas páginas, ¿dónde estaba aquello sobre la memoria? El filósofo inglés John Locke propuso una solución en un artículo publicado en francés en 1686 y traducido al inglés en 1706 como A New Method of Making Common-Place-Books.

Su sistema era un índice muy compacto: cada título se clasificaba por su primera letra y su primera vocal. «Memoria» iba a la casilla M-e; «amistad», a la A-i. En dos páginas de índice cabía la dirección de cualquier tema. Tuvo tanto éxito que durante el siglo siguiente se vendieron cuadernos en blanco ya preparados «según los principios del señor Locke». Uno de ellos lo usó Erasmus Darwin, el abuelo de Charles.

Noventa mil fichas

Salto al siglo XX. El sociólogo alemán Niklas Luhmann (1927-1998) llevó la idea mucho más lejos. En lugar de un cuaderno, usó fichas sueltas guardadas en cajones de madera: un Zettelkasten, literalmente «caja de fichas». Reunió unas 90 000.

Lo original no era la cantidad, sino dos reglas:

  • Cada ficha tenía un número fijo, y una idea que continuaba otra se colocaba detrás con una numeración ramificada: después de la 21 venía la 21a, y luego la 21a1. Así cualquier ficha podía crecer hacia dentro sin reorganizar nada.
  • Las fichas se remitían unas a otras. Al final de una nota, Luhmann apuntaba los números de otras relacionadas, aunque estuvieran en otro cajón y sobre otro tema.

Luhmann atribuía a su fichero buena parte de su producción, más de 70 libros, y en un ensayo de los años ochenta lo describió casi como un compañero de conversación que le devolvía ideas que él mismo había olvidado. La Universidad de Bielefeld ha digitalizado el fichero, y hoy se puede consultar en línea, con su letra apretada y sus flechas.

Por qué funcionaba (y qué no hacía)

Ni Erasmo ni Luhmann hablaban de psicología, pero sus sistemas aprovechan cosas que la investigación ha confirmado después:

  • Escribir con tus palabras obliga a entender. Copiar una cita bajo un título ya exige decidir de qué trata. Luhmann iba más allá: no copiaba, reformulaba. Generar una respuesta propia deja más huella en la memoria que limitarse a leerla, un fenómeno estudiado desde los años setenta como efecto de generación.
  • Relacionar con lo que ya sabes. Cada remisión entre fichas es una pequeña pregunta: ¿con qué tiene que ver esto? Esa elaboración es justo lo que hace que un dato no quede suelto.
  • Volver a lo escrito. Un cuaderno que se relee y se amplía es una forma natural de repaso espaciado.

Conviene no idealizarlo. El fichero de Luhmann era sobre todo una máquina para escribir, no para memorizar: su fuerza estaba en encontrar conexiones, no en ayudarle a aprobar un examen. Y quien acumula notas sin volver a ellas tiene un archivo, no un aprendizaje.

Tu propio cuaderno de lugares comunes, en veinte fichas

  1. Elige algo que estés leyendo o estudiando este mes.
  2. Cada vez que algo te parezca importante, escribe una idea por ficha (o por nota en el móvil), con tus palabras, en no más de cinco líneas.
  3. Ponle un título y un número.
  4. Antes de guardarla, apunta en la parte de abajo el número de otra ficha relacionada. Si no hay ninguna, pregúntate por qué.
  5. Una vez por semana, saca tres fichas al azar e intenta explicarlas sin leerlas.

Al llegar a veinte tendrás algo que Erasmo reconocería al instante: un lugar común en el sentido antiguo, el sitio donde vive lo que de verdad te ha interesado.